lunes, 28 de julio de 2008

“Citas directas”

por Fernando Glenza

Decía en el primer archivo del blog, escuché hablar por primera vez de Rodolfo Kusch de boca de su amigo, Jorge Rulli. Seguí escuchándolo, o mejor dicho, leyéndolo, a través de sus comentarios a la lista de correos electrónicos del Grupo de Reflexión Rural (GRR) que coordina -junto a otros compañeros- desde mediados de los años noventa.

El GRR es un espacio de diálogos y debates sobre los impactos del capitalismo global en nuestras sociedades y de construcción de pensamiento popular, surge como respuesta a la prolongada situación de catástrofe social que vive la Argentina y cuyos antecedentes se remontan a la Dictadura de los años setenta y al Terrorismo de Estado.

Algunos de sus principales objetivos son contribuir a la toma de conciencia respecto a esa situación, más que de crisis, de estallidos sociales en que vive la Argentina y que pareciera ser el modo de resolver de nuestra sociedad sus tremendas tensiones interiores, y a la necesidad de modificar las conductas personales, los hábitos de pensamiento y de acción política existentes, incorporando al pensamiento político y a las agendas de la política los temas propios de la ecología, del medio rural y de la cultura basada en el arraigo.

Las propuestas del GRR se basan en la Soberanía Alimentaria, en los Desarrollos locales con mercados de pequeños productores y en la recuperación de semillas como estrategia para superar el dominio que ejercen las transnacionales sobre nuestra agricultura.

Kusch se hace siempre presente -como un participante más del GRR- a través de las palabras de su amigo. Estas son algunas de las “citas directas” recuperadas -quizás de manera arbitraria- de los correos electrónicos del grupo, pero que contribuyen a la construcción de su pensamiento:


Lunes, 21 de julio de 2008, 01:44 pm
De: "Jorge Eduardo Rulli" rtierra@infovia.com.ar
A: "GRRArgentina" grr-argentina@gruposyahoo.com.ar

...“Debemos confiar en la gente, en el pueblo, en especial en momentos como éstos en que todos sienten que vuelven a participar o que pueden volver a participar, que les es posible hacer algo... algo, cualquier cosa, pero algo en una obra que debe ser colectiva o que no es... Estamos una vez más en el hervidero espantoso de Kusch”.

***

Lunes, 5 de noviembre de 2007, 03:49 pm
De: "Jorge Eduardo Rulli" rtierra@infovia.com.ar
A: "GRR Argentina" grr-argentina@gruposyahoo.com.ar

“... es por ello que convocamos a debates profundos sobre lo industrial, sobre lo urbano y en el rescate del pensamiento de Rodolfo Kusch”.

***

Lunes, 15 de octubre de 2007, 12:48 am
De: "Jorge Eduardo Rulli" rtierra@infovia.com.ar
A: "GRR Argentina" grr-argentina@gruposyahoo.com.ar

...“Llegamos a esos momentos en que Kusch decía que no valen ya las estadísticas sino las anécdotas significativas, en especial aquellas cargadas de palabras y de gestos premonitorios, esas que nos provocan un temblor y que conmueven nuestros pulsos”.

***

Domingo, 16 de septiembre de 2007, 11:57 pm
De: "Jorge Eduardo Rulli" rtierra@infovia.com.ar
A: "GRR Argentina" grr-argentina@gruposyahoo.com.ar

...“Tal como nos lo recordaba Rodolfo Kusch, seguimos pese a todo estando en América y a nuestro alrededor bulle siempre ese hervidero espantoso de lo impensable que escapa a toda razón y previsibilidad burguesa. Mientras tanto, los progresistas continuarán intentando una y otra vez, acotar un espacio precario donde construir sus castillos de naipes.

Pero Argentina es y seguirá siendo un tembladeral y gracias a Dios que lo es, porque gracias a ese hervidero, los planes de ordenar la realidad y los modelos productivistas, no pueden mantenerse demasiado tiempo, tampoco los modelos coloniales permanecerán.

Todo se hace así pasajero y trivial, al menos hasta que desde la gente misma se pueda generar un proyecto nacional que exprese desde la hondura de la Cultura, ese país que añoramos y que aunque no hayamos conocido, está en el fondo de la memoria viva de cada uno de nosotros.

Porque somos América, porque no descendimos de los barcos, aunque seamos leales a nuestros abuelos, porque no cederemos la poca autonomía que hemos conservado frente al poder y porque soñamos con acrecentarla”.

***

Lunes, 27 de agosto de 2007, 12:49 am
De: "Jorge Eduardo Rulli" rtierra@infovia.com.ar
A: "GRR Argentina" grr-argentina@gruposyahoo.com.ar

...“Continuamos siendo un país imprevisible. Decía Rodolfo Kusch que la Cultura del Pueblo es como un árbol, un árbol cuyas raíces se nutren desde lo más profundo del pasado y sus ramas se extienden hacia el cielo de lo porvenir. En las raíces de nuestro árbol están los núcleos ético míticos de una América profunda, de los que se alimenta el árbol.

Ese es el Estar del que nos hablaba Kusch, y en las ramas está el Ser que es como los frutos del árbol. Pero nuestro árbol fue talado en los orígenes e implantado malamente con otra planta, nunca pudimos reponernos de aquel injerto tremendo, consecuencia del choque de culturas. El tronco no corresponde a las raíces y es por ello que los frutos crecen, pero crecen solapados, crecen enmascarados como el rostro de los zapatistas, de esa forma encubren su verdadera naturaleza, y hacen eso para sobrevivir y también para develarnos una naturaleza que en espera de su hora y de un decir que les sea propio, aún no pueden exponer. El árbol son las instituciones, todas las instituciones del modelo de colonización.

Decía Kusch que la filosofía europea es un afán de puro Ser que ha extraviado su Estar, mientras que el pensamiento latinoamericano es un puro estar al que no se le ha permitido todavía llegar a ser. Somos por ello, la ambigüedad, somos lo uno y somos lo otro a la vez, lo americano y lo europeo a la vez. Con la enorme responsabilidad de poder y de tener que comprender al otro y de tener a la vez que esforzarnos por comprendernos a nosotros mismos.

Tenemos que preservar nuestras cultura y en espera de un decir propio y de encontrar caminos de Desarrollo que nos sean originales, preservar asimismo nuestras máscaras. La originalidad de lo americano esta en esas diferencias que nos marcaron desde los orígenes y que, tanto como lo caótico de nuestra realidad cotidiana, continúan preservando la más absoluta imprevisibilidad de lo porvenir”.

***

Domingo, 27 de agosto de 2006, 10:10 pm
De: "Jorge Eduardo Rulli" rtierra@infovia.com.ar
A: "GRR Argentina" grr-argentina@gruposyahoo.com.ar

... “Rodolfo Kusch insistía tanto en el valor de la negación en el pensamiento popular. La negación es en el pensador americano por excelencia, el instrumento subversivo y deconstructor del pensamiento hegemónico, con que los pueblos rechazan los consensos y las formas del dominio colonial y afirman su propia existencia en el campo simbólico.

De esas obstinadas negaciones surgen las Resistencias populares y también los 20 de diciembre. Es inútil y además ocioso, el demandar soluciones de aquellos cuya primera responsabilidad es la de practicar una obstinada negación. Porque la negación en el pensamiento popular es siempre un acto cultural, nos enseña Kusch, y la demanda es en la esperanza de salvación más que en la búsqueda de soluciones.”

***

Lunes, 21 de agosto de 2006, 03:34 am
De: "Jorge Eduardo Rulli" rtierra@infovia.com.ar
A: "GRR Argentina" grr-argentina@gruposyahoo.com.ar

...“Alguna vez los libertarios nos enseñaron que la Revolución es y debe ser siempre una fiesta y por suerte esa memoria no se ha perdido en nuestro pueblo, volvamos a leer el Perón de los años de la Resistencia y dejemos los manuales para los ratones como alguna vez dijera el propio Marx de alguno de sus libros. Hagamos votos para que la revolución siga siendo una fiesta, para que la autonomía se imponga sobre la heteronomía, a pesar de los adocenadores y para que el Pachakuti sea como nos enseñara Rodolfo Kusch, la rebelión cultural de la América Profunda”.

***

Domingo, 27 de noviembre de 2005, 02:59 pm
De: "Jorge Eduardo Rulli" rtierra@infovia.com.ar
A: "GRR Argentina" grr-argentina@gruposyahoo.com.ar

...“Las palabras pequeñas a las que se refería Rodolfo Kusch, son hoy el alimento diario de los argentinos. Esa papilla predigerida de la comunicación que nos infantiliza y transforma en aves de corral de una sociedad mitad gallinero y mitad jardín de infantes.

No hay palabras grandes. Las palabras pequeñas hacen a lo cotidiano, a la vida animal,tienen que ver con nuestras necesidades y con nuestra convivencia. Las palabras pequeñas ocupan el espacio de nuestra existencia pero no le dan a ella, el sentido que necesitamos, que necesitamos con otra hambre y con otra sed que no son las del cuerpo.

Para eso están las palabras grandes. Las palabras grandes son esas palabras que nos tocan el alma, palabras que nos convocan al silencio, que nos obligan a sentirnos, a experimentarnos por dentro como si nos descubriéramos”.

Rituales: nuestro mapa del Mosojhuaico

por Pablo Cingolani

Fue un momento: abrir la bolsa, repartir la hoja para compartirla cuando dos de ellas ya estaban volando en dirección al suelo. Sebastián Duran las examinó con ojo clínico y dijo: -Mira, Pablo: la coca dice que vamos a viajar bien… Las dos hojas de coca estaban mostrando su mejor cara, de frente: podíamos empezar el pijcheo, el mascado colectivo de las hojas, y la ch´alla, las libaciones que lo acompañan y que, a la vez, celebran y honran a la Madre Tierra, a la sagrada Pachamama de los pueblos de los Andes. Me hallaba en el segundo piso de una casa de piedra de la comunidad originaria de Puina, en medio de la cordillera. En Puina, como quería Ezra Pound, todas las casas eran de piedra y eran bellas. Alrededor de la casa, al sur, al este y al oeste también había piedra, moles de piedra, cerros como el Palomani que trepaba hasta los seis mil metros de altura. Desde allí, desde sus glaciares que cuelgan desafiando la gravedad, casi todos los días del año baja un frío que no tiene clemencia pero ese día estaba despejado por los cuatro costados y por eso los hielos de la montaña resplandecían y se veían nítidos, casi como para tocarlos. El día era tan inusual –era octubre, al borde de la temporada de las lluvias en una región donde eso sólo significa que llueve más que el resto del año ya que en Puina siempre llueve- que hasta en dirección norte, donde la piedra se va desbarrancando en pajonales y donde luego aparece la selva y la cuna de las tormentas, la situación estaba en calma. Cosas de un día de ch´allas: el ritual, como siempre, estaba funcionando.

* * *

Cuando el fecundo Rodolfo Kusch se preguntó qué cosa era la filosofía americana, no tuvo mejor respuesta que referirse al “Mapamundi de las Indias” que había trazado el cronista Guamán Poma de Ayala. Lo tengo delante de mí: es un curioso huevo, cerrado por arriba por una temible cordillera en cuyas faldas crece un bosque tupidísimo, una selva donde no faltan tigres y unicornios. Por la parte de abajo, el huevo se deshilacha en las costas de un mar donde también fueron puestos monstruos y maravillas: ballenas, manatíes y hasta una sirena. Presidiendo el cuadro: un sol, la luna, estrellas. En el centro, están los “cuatro reyes, (las) cuatro partes”. Guamán las explicó así: “Chinchay Suyo a la mano derecha al poniente del sol; arriva a la montaña hacia la Mar del Norte Ande Suyo; da donde naze el sol a la mano esquierda hacia Chile Colla Suyo; hacia la Mar del Sur Conde Suyo”. En el centro del centro, “la cavesa y corte del rreyno”: Cuzco y diseminadas por ahí, ciudades, puertos, ríos, lagartos, serpientes, indios de guerra (Chunchos, Arauquas), minas de azogue (Guanca Bilca), minas de plata (Potosí), minas de oro (Callauaya). Agregó el cronista con una envidiable y maravillosa ingenuidad: “En todas las partes ay mucho más”. Tal el mapa. Kusch se juega con esta definición: “Lo dibujado por Guamán Poma no concuerda con la realidad, pero encierra toda su herencia india e incaica y quiérase o no es su mapa, casi diríamos el hábitat real de su comunidad”. La “realidad” en la cultura dominante la determina la ciencia: los mapas son hechos a partir de fotografías tomadas por satélites y hoy, si uno paga una fuerte suma, hasta puede disponer de las cartas geográficas más sofisticadas de todas (o se supone): las que traza la agencia espacial de los Estados Unidos, la NASA. Pero, siguiendo a Kusch, ese mapa y por más perfecto que sea, nada tiene que ver con lo que piensa quien vive dentro de esos territorios cartografiados, “no es mi país, ése que cada uno vive cotidianamente”.

* * *

Allí estábamos en Puina, pijchando y tejiendo nuestro mapa. Hacia el norte, los caminos que conocían los comunarios de Puina se bifurcaban. Algunos iban hacia el Perú, la frontera oeste, a sitios tan cautivantes como Pablobamba, en la antigua ruta de las mulas que transportaban el caucho explotado en las selvas del Tambopata. Otros iban a ninguna parte, entiéndase bien: a ninguna parte que figurase en las cartas geográficas, y sencillamente porque eran sitios que sólo existían en sus mapas, en la persistencia de sus mitos y de su visión del mundo. Allí también había tesoros ocultos y peligros. Sobre un mapa mental que trazamos en un papel, tratábamos de ubicar Llaullimayu, el río de las espinas: su nombre ya lo decía todo. De la última referencia conocida, el Hito 26 del límite internacional, “quedabamás allá”, según Sebastián, en dirección siempre hacia el este, a esa imprecisa frontera cultural que existió siempre entre las tierras altas y las tierras bajas del continente, hacia el Ande Suyo de Guamán Poma, hacia el misterio. -¿Qué hay en Llaullimayu? Oro, mucho oro- eso sí sonaba a certeza. -¿Y podremos llegar?- Tal vez, dicen que hay muchos zambos protegiendo la mina… -¿Zambos? ¿Qué son? -Tigres negros, panteras- y esto también sonaba a lo mismo: más allá del mundo conocido, como en el mapa del cronista, vivían los monstruos que cada uno se procura. En medio de las montañas, y aunque el día resplandecía, todo cuajaba para transportarnos a ese sitio del cual nunca deberíamos salir: la esencia de nosotros mismos.

* * *

Esa subjetividad trasladada a los mapas hechos por nosotros mismos, a la percepción de la geografía, a la valoración del territorio, Kusch la trasladó a la filosofía: lo americano hasta el presente vendría a ser esa misma subjetividad que nos afecta a todos pero que, al no poder canalizarla, la encubrimos bajo la rigidez de la mirada científica o filosófica, una mirada, por cierto, importada. Hay autores –Gabriel García Márquez, entre ellos- que han dicho que lo específicamente nuestro sólo está volcado en la poesía y en la novelística que producimos: ese es, sin dudas, el hasta ahora bagaje filosófico americano. El resto, salvo muy honrosas excepciones, es la búsqueda de habitar modelos extraños a nuestra sensibilidad, modelos nacidos al empuje de las necesidades de otras gentes en otros territorios (la burguesía europea de los siglos XVIII y XIX) y escurrir lo nuestro en dogmas o consignas que, en el fondo, no comprendemos porque nos son impuestos: reforma educativa, reforma agraria, sufragio universal, ecologismo, catolicismo, marxismo, liberalismo, democracia. Pero hay solución, porque al decir de Kusch, “he aquí que el pueblo existe. No es mía la culpa”. Y la remata con esas frases gloriosas: “Tampoco lo es el hecho de que su pensamiento va llenando infatigablemente al país hasta que seamos realmente una nación”. ¿Será?

* * *

El día quería terminarse y comenzaba a soplar el viento gélido de las cumbres: Puina rejuntaba sus llamas, la gente caminaba hacia sus casas, encendimos una vela para que nos acompañe. Los trabajadores de la mina Warawarani –un nombre poético como pocos, que traducido significa algo así como “mina del cielo estrellado”- fijaban una cita para esa travesía inédita al territorio desconocido del Mosojhuaico, a la “quebrada nueva”, la quebrada que se abría hacia el norte, donde será posible encontrar prodigios y acechanzas por igual. Sebastián se incorporó y de un rincón del cuarto, tomó una mandolina –de una belleza pura, sin barroquismos, sin atenuantes- y empezó a tocar un huayño pulsando una púa. La música nos sumergió a todos en un torrente imparable de fraternidad: claro que llegaríamos al otro lado, claro que cruzaríamos el Mosojhuaico. De pronto, como para dejar claro de qué se trataba la cosa, Sebastián me miró y me dijo algo increíble: "Lo que ves es lo que hay…" -nuestras miradas se sostuvieron una eternidad cortando el aire…-, "pero todo hay" -remató con una carcajada. Guamán Poma, el narrador de las historias de la gente antigua, había regresado: estaba ahí sentado, al frente de mí, tocando la mandolina y compartiendo sus ilusiones. El pueblo existe.

Notas

Las citas de Rodolfo Kusch están tomadas de El pensamiento indígena y popular en América. Ed. Hacchette, 3ª. Ed., Buenos Aires, 1977.

Las citas de Guamán Poma de Ayala están tomadas de El primer Nueva Corónica y Buen Gobierno, 3ª. Ed., Siglo XXI, México, 1992.

Rodolfo Kusch y el vivir sin magia

i
Rodolfo Kusch es una de nuestras personalidades olvidadas. Su obra tuvo muy escasa aceptación en Argentina. En cambio, en Latinoamérica mereció elogios, atentas lecturas, y la aceptación de que, a través de su pensar, se rescata la dignidad filosófica de las cosmovisiones indígenas americanas. Kusch cristalizó un gesto intelectual intolerable para el común de los académicos: aprovechó una formación clásica en filosofía occidental no para desentrañar lo ya pensado por alguna de las consagradas luminarias del pensamiento europeo.

Por el contrario, su empeño fue revalidar la visión de la realidad de la cultura incaica. Su obra paradigmática en este sentido es América profunda. Mediante el análisis de la visión del mundo andino, Kusch examina su categoría existencial del “estar” que contrapone al “ser” europeo. El “estar” supone un situarse cerca de un centro donde se concentran y conservan energías mágicas y divinas que se deben respetar y conjurar. Por contrapartida, el “ser” se entronca con la ansiedad occidental del “ser alguien”, el deseo de colmar con contenido y significado un vacío que se amoneda en la intimidad profunda del sujeto de Occidente.

Otras de las obras esenciales de Kusch son “Indios, porteños y dioses” (a la que pertenece el texto que transcribimos abajo); “Charlas para vivir en América”; y “El pensamiento indígena y popular en América”.

Gracias a Kusch, podemos recuperar la audacia de un pensar que primero imagina. Imagina un cielo, una selva, una montaña y un surco arado de tierra, donde no se propagan los colores de los presupuestos occidentales. Cuando el pensar de ascendencia europea anhela entrever, aspirar, una cultura extraña, arcaica, premoderna, los pulmones se acaloran con un aire mágico. Por eso, ahora transcribiremos la defensa del filósofo argentino de la magia indígena en contraste con el opaco realismo de la Buenos Aires moderna, o de cualquier ciudad contemporánea.

SIN MAGIA PARA VIVIR

Uno de los motivos por los cuales rechazamos el altiplano, estriba en que allá se cree en la magia, y nosotros aquí en Buenos Aires, ya no creemos en ella. Somos extraordinariamente realistas y prácticos, por cuanto creemos en la realidad.

¿Y qué es realidad para nosotros? Pues eso que se da delante de uno: las calles, las paredes, los edificios, el río, la montaña o la llanura. Todo esto no se puede modificar, porque no puedo cambiar de lugar una casa, ni alterar la orientación de una calle, ni puedo traspasar diagonalmente una manzana para llegar a mi hogar, ya que mi cuerpo es mucho más endeble que las paredes. La realidad indudablemente se impone porque es dura, inflexible y lógica. Más aún, es una especie de punto de referencia para nuestra vida, porque, cuando andamos mucho en las nubes, viene una persona práctica y nos dice: “hay que estar en la realidad”. Y si no lo hacemos, se nos invoca la ciencia. Ella es la teoría que da una rara concreción a la realidad de tal modo que, no sólo ésta se refiere a las paredes y a las piedras, sino también a otros órdenes. Hay una ciencia económica para nuestros sueldos, otra para la política, otra para nuestras aspiraciones profesionales, otra para nuestros impulsos. Y todo es realidad, aunque “científica”. La realidad es entonces como un mar de plomo, que abarca un sin fin de sectores, y en el cual debemos desplazarnos con cuidado. Pero un día estamos tranquilos en nuestra casa, y viene un amigo y nos trae la noticia de que en la esquina hay un plato volador. ¿Y nosotros qué decimos? Pues ver para creer. De inmediato pensamos salir corriendo, claro está doblando prudentemente las esquinas para llegar al lugar donde se depositó el extraño artefacto. Ahí lo veremos, y luego creeremos. La realidad coincide con las cosas que se ven.

Pero podría ocurrir que no saliéramos corriendo, y le dijéramos a nuestro amigo: “¿Me vas a hacer creer que se trata de un plato volador?” Y el amigo nos respondiera: “Todo el mundo lo dice”. Es curioso, ya lo dijimos, por una parte yo le hago notar al amigo que él me tiene que hacer creer, y por la otra, él se confabula con todo el mundo, o sea con los seis millones de habitantes de Buenos Aires, para que yo le crea. Y esto ya no es ver para creer, sino al revés: creer para ver. A veces tengo que ver la realidad para creer en ella, otras veces tengo que creer en la realidad para verla. Por una parte quiero ver milagros para cambiar mi fe, y, por la otra, quiero cambiar mi fe para ver milagros.

Por eso, podemos creer en la realidad y en la ciencia, pero nos fascina que un hechicero del norte argentino haga saltar el fuego del fogón, para hacerlo correr por la habitación. También nos fascina que en Srinagar, en la India, algún gurú o maestro realice la prueba de la cuerda, consistente en hacerla erguir en el espacio y en obligar a ascender por ella a un niño, quien probablemente nunca más volverá a descender. Y también nos fascinan los malabaristas en el teatro, porque hacen aparecer o desaparecer cosas, o seccionan a un ser humano en dos partes, y luego las vuelven a pegar sin más. ¿Y qué nos fascina en todo esto? Pues que la realidad se modifica. ¿Y en qué quedó el carácter inflexible, duro, lógico y científico de la realidad?.

Mientras escribo estas líneas veo por mi ventana un árbol. Este pertenece a la dura realidad. ¿Si yo me muero, el árbol quedará ahí? No cabe ninguna duda. ¿Pero no podría pasarle al árbol lo que a nosotros, cuando muere un familiar querido? ¿En este caso qué lamentamos más: la ausencia definitiva del familiar, o más bien la hermosa opinión que él tenía de nosotros? ¿Le pasará lo mismo al árbol? Yo siempre lo he visto hermoso, y mi vecino, quien es muy práctico, ya no lo verá asi. Cuando yo muera, morirá mi opinión sobre el árbol, y el árbol se pondrá muy triste y se morirá también. ¿Pero no habíamos dicho que la realidad es dura, flexible y lógica? Así lo dicen los devotos de la ciencia. Pero a mí nadie me saca la sospecha de que los árboles no obstante piensan y sienten. Porque ¿qué es la ciencia? No es más que el invento de los débiles que siempre necesitan una dura realidad ante sí, llena de fórmulas matemáticas y deberes impuestos, sólo porque tienen miedo de que un árbol los salude alguna mañana cuando van al trabajo. Un árbol que dialoga seria la puerta abierta al espanto y nosotros queremos estar tranquilos, y dialogar con nuestros prójimos y con nadie más.

Evidentemente no creemos en la magia, no sólo porque tengamos una firme convicción de la dureza de la realidad, sino ante todo porque necesitamos llevarnos bien con 6 millones de prójimos encerrados en la ciudad de Buenos Aires. Y para ello es preciso poner en vereda a los árboles con su lenguaje monstruoso y creer en la dura, inflexible y lógica realidad. (*)

(*) Fuente: Rodolfo Kusch, Obras completas(vl), Indios, porteños y dioses, Buenos Aires, Editorial Fundación Ross. Extraído de Recuerdo de lo sagrado de Temakel: http://www.temakel.com/

Vigencia de Rodolfo Kusch

por Pablo Cingolani*

Hay historias que merecen ser contadas. Digo bien contadas y no solamente escritas. Contadas -imaginándome la complicidad de un fuego en una noche estrellada-, como si se tratase de uno más de esos cuentos y esas leyendas que nutren nuestro acervo, nuestra cultura y nuestra manera de ser y de pensar y que fueron transmitidos así: de persona a persona, rasgando el silencio del tiempo, llenando el espacio de intuiciones certeras y enseñanzas valiosas, desmitificando a la muerte. Ojalá que así sea con esta historia.

La historia es sencilla como el pan y terrible como el rayo, por eso está cargada de coraje y esperanza. El 30 de septiembre de 1979 murió Rodolfo Kusch. Sucedió en Buenos Aires, en una ciudad y un país sacudidos como nunca por el terror de Estado. Kusch murió como él mismo, de alguna manera, había vaticinado en sus escritos –tal vez, la obra filosófica más conmovedora con relación al pensamiento popular americano: como un perseguido, devorado por una enfermedad que es muy probable contrajera por la tristeza, por ese clima de horror impuesto y que lo obligó a dejar el sitio que él había elegido para exiliarse: Maimará, una pequeña población indígena situada en el corazón de la quebrada de Humahuaca y de la Argentina andina, coya y olvidada hasta por los verdugos, y donde Kusch estaba cumpliendo, también, palabra por palabra, con la hondura y el compromiso que propusieron sus reflexiones.

Tuvo que volverse a esa ciudad, a la que amó y aborreció por igual, tan sólo para morirse. Ya su periplo existencial y la coherencia con sus propias visiones, lo había llevado a habitar en ese país profundo que es el norte argentino donde hablar de pueblo es hablar de indio, hasta hoy. Allí, en medio de los avatares y las tensiones del tercer gobierno peronista (el último del General Perón), sintió que los sueños podían volverse realidad, como nunca antes. Pero la historia es cruel y en 1976 sucedió lo inevitable: fue expulsado por subversivo de sus cátedras en la Universidad de Salta.

Su familia y algunos amigos cercanos trataron de convencerlo pero Kusch eligió el amparo de la tierra y de su gente, de "esos hombres pequeños, sucios y tiernos, vencedores del tiempo, hombres de heridas ancestrales, de coplas y de bagualas desgarradas, hombres muy pobres y sencillos", de la gente que había compartido con él sus saberes y sus memorias a lo largo de tres décadas. Por eso, eligió Maimará y allí, él mismo se volvió "muy pobre y muy sencillo" y para subsistir, vendía sándwiches de milanesa en la estación ferroviaria del pueblo.

"Ucamau mundajja", "el mundo es así" –debió pensar Rodolfo, más conciente que nunca que había que intentar abstenerse de explicar las causas –así fuera el oprobio y la infamia más inaudita que vivió la Argentina en el siglo XX-, tratar de abandonar la impaciencia y aceptar la realidad en su verdadera constitución. Allí, habitando el misterio, le sucedió "el milagro de estar, antes de ser", un misterio que compartió con los habitantes de las altipampas y los valles milenarios, esa "área no pensada e imposible de pensar. El silencio en suma y detrás del silencio quizá un símbolo: quizá los dedos de la divinidad, la misma que estuvo arrugando los cerros: una vida realmente en común, la mía, la del viejito y la de la puna, y todos en silencio", como había escrito en un texto precioso que puede encontrarse en Internet. (1)

Kusch había elegido el más transparente y arduo de los caminos: el camino del corazón. El mundo es así. El mundo debería ser así.

* * *

Ese 79 del horror, a cincuenta kilómetros de distancia, un hombre no sabía –no podía saberlo pero después lo supo- que Kusch se estaba muriendo. Si lo hubiera sabido, de seguro, se hubiese acercado a su amigo y su maestro para darle un abrazo y decirle un hasta luego.

Pero no pudo: estaba preso, esas causas de las cuales es tan difícil abstenerse –la injusticia y querer remediarla a toda prisa, a los tiros, con pura fe, a ciegas como un guerrero que avanza en medio de la oscuridad y los otros, los que se oponen a ello- lo habían conducido a perder la libertad; los militares argentinos lo habían encarcelado por su militancia revolucionaria en una prisión de la ciudad de La Plata, a un paso de Buenos Aires y tan lejos de todo.

Aislado de manera absoluta, Jorge Rulli no sabía –no podía saber- que sucedía afuera, que sucedía en un país que se desangraba a sangre y fuego y con él, todos los compañeros. Pero, a veces sucede, ese es parte del milagro del estar siendo: un carcelero dejó caer una hoja de periódico en las profundidades de las mazmorras y fue recogerla y leer que Kusch estaba muerto.

Años después, el mismo Rulli rememoró sus sentimientos: "Me enteré de su muerte por los diarios, en el penal de La Plata, donde desde hacía un año, en tres metros cuadrados sin ventana y con meadero incluido, convivía yo con un compañero salteño totalmente extraviado. No tuve con quien llorar mi dolor ese día sino con el pobre loco que se balanceaba murmurando sonsonetes indescifrables. Había llegado yo a lo hondo de esa indigencia del existir de que Kusch me hablara tantas veces. Había conocido todos los horrores y los espantos del Poder desnudo, que no es sino la otra cara del racionalismo europeo transplantado. En la miseria sin límites de mi pobre condición humana, en mi cuerpo torturado y en la ropa hedionda a sudor y a vómitos que vestía, había hecho ese periplo atroz del indio americano, desde la incertidumbre y el desasosiego total de la existencia hacia la propia conciencia, hacía el sí mismo, hacia la luz y el redescubrimiento de los dioses que desde lo alto guían los caminos de América". (2)

Rulli permaneció cautivo más de una década y sobrevivió para contarlo. 30.000 argentinos no lo lograron: fueron aniquilados.

* * *

Ya han pasado 25 y más años de esta historia: la de Kusch, la de Rulli, la de los pueblos indígenas, la de nuestros pueblos, la de todos nosotros. Tal vez, lo más importante hoy es preguntarse –en homenaje a esta memoria- si está vigente como horizonte, como "ese amanecer americano tan ansiado"; si lo indagado y si lo compartido por un hombre excepcional como Kusch; si esos saberes de la cultura andina pueden servir de referentes viables en el presente, no sólo como parte de la definición de un proyecto colectivo sino como parte medular de las definiciones de proyectos de vida para cada uno de nosotros.

Viendo descarnadamente la terrible experiencia del pasado, una juventud inmolada, "arrebatada por los grandes sueños, pero éstos se cubrían de ropajes 'occidentalizados' que terminaron encegueciéndonos, porque dejamos de ser nosotros mismos", y viendo la paulatina y apremiante destrucción de la biosfera por parte de un poder hegemónico irresponsable y de una crueldad que creíamos desconocida (pensemos, tan solo, en Hiroshima o en Irak), la respuesta es, más que nunca: Sí.

Sí, porque como jamás en la historia humana, es preciso aunar esfuerzos por volver a reencantar al mundo, a la vida, a nuestras relaciones con el cosmos y con la comunidad que, para los saberes andinos, son lo mismo.

La brega es por un nuevo paradigma que haga de la diversidad, la base de una reconstrucción nacional renovada, posible y necesaria para cada uno de nuestros países, y de la dimensión lúdica y festiva de la existencia, el prerrequisito inevitable de nuestras vidas: esa es la opción, la única, de los que deseen hacer una elección definitiva por América, por nuestro hogar común, por nuestro lugar en el mundo, y por nuestros pueblos.

Veinte años de instrumentación e imposición abierta o encubierta del neoliberalismo en este continente han conducido al agotamiento del capitalismo como razón de ser excluyente de nuestra organización social. Se ha demostrado insostenible no por motivos ideológicos sino prácticos: es un fracaso sin mengua que, cada vez, nos lleva más cerca a nuevos abismos de la existencia, a mayor dolor y a mayores desgracias sociales.

Como contrapartida y signo de los tiempos –y esa es la luz al final del túnel, al decir de Kusch, de nuestra impaciencia ciudadana- existe un vigoroso movimiento indígena que sacude los Andes, con el mismo espíritu y las mismas esencias del Taqi Onkoy, la Sublevación General del siglo XVIII o la rebelión de los Willcas.

Esos son hoy los caminos de América, esos que empiezan "cuando se viaja desde Abra Pampa hacia el Oeste", o hacia cualquier dirección desde la apacheta, porque la América profunda –india, negra, mestiza, popular- es una sola, allí donde se encuentre.

Ese camino es el camino del corazón, ese que eligió ese pensador insobornable que fue Rodolfo Kusch cuando eligió Maimará, su puna, su gente y su silencio.

La Paz, verano de 2005


Notas

(1) El texto se titula Cuando se viaja desde Abra Pampa y fue un artículo publicado por primera vez en San Salvador de Jujuy, el 25 de junio de 1988, en edición supervisada por Salma Haidar.

(2) Jorge Rulli: En memoria. S/e, s/f. Las demás citas pertenecen al mismo texto, salvo la última que es de Kusch, op.cit.

* Pablo Cingolani. Historiador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987. Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez potosinos. Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde "Imagina Bolivia" y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas. Encabezó expediciones ecohistóricas desde 1980, explorando, entre otras, la región de Iruya-Baritú, las cumbres Calchaquíes y la puna jujeña en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y casi todos los parques nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y Amazonía. Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de "interés nacional" por el congreso boliviano.

La salida del indio

por Rodolfo Kusch

En Buenos Aires siempre queremos andar bien con la gente. Por eso siempre tratamos de mantener un comportamiento armónico, ya lo dijimos. Cuidamos esmeradamente no decir una palabra demás, ni exagerar los gestos, ni gritar y menos insultar. Hasta procuramos equilibrar nuestro aspecto y cuidamos el traje, combinamos bien el color de la corbata con el de la camisa, nos peinamos sin exagerar mayormente la onda del pelo y siempre nos afeitamos. Evidentemente, tratamos de que nunca se rompa ni el equilibrio de nuestro aspecto físico ni el de nuestro carácter, cuando tratamos con el prójimo.

Pero esto tiene su límite. A veces las situaciones pueden ser francamente desfavorables y entonces las modificamos bruscamente con una palabra o con un gesto. Y en ese momento, alguien, un observador sereno, dirá por nosotros: Le salió el indio. Esto del indio es curioso. Porque nada tenemos que ver con él. Por ningún lado vemos indios, ni siquiera en nuestro pasado histórico, ya que nuestra nacionalidad, como nos han enseñado, se hizo desplazando al indio. Mucho más simpático nos resulta el gaucho, quien, también según nuestros manuales, se confabula con nuestra historia, para dar este país que ahora tenemos, con su Buenos Aires y el resto. Pero un día compramos una heladera eléctrica y viene un vecino y se dispone a revisarla. Toleramos con paciencia la intromisión del otro. Pero nos molesta que alguien ajeno a la casa se tome confianza. Nuestra casa, lo vimos, donde está la vieja o la familia, es sagrada pa’ mí. Y cuando vemos que las manos del mismo desarman alguna parte delicada del aparato, entonces, súbitamente, lo sacamos a empujones de nuestra casa, diciendo: “Mándese a mudar. A esta heladera no la toca”. ¿Por qué? ¿También es sagrada igual que la vieja? En parte. ¿Y qué pasó? Pues que nos salió el indio, precisamente para defender algo que es casi sagrado pa’ mí. ¿Será entonces que escondemos adentro un indio que entra en funcionamiento para imponer o dictaminar lo que es sagrado pa’ mí? ¿Y por qué? Seguramente porque en este siglo XX nos han enseñado, ya con las primeras letras, que no hay cosas sagradas, y como nosotros, en los más íntimo no creemos en ese escamoteo, entonces nos hemos inventado un indio que atrapa afuera, y siempre por la fuerza, las cosas sagradas pa’ mí, aunque se trate de una heladera.

Pero tenemos otra expresión que complementa a la anterior. Es la que se refiere a un andar como bola sin manija, en el sentido de andar perdido, sin control y sin saber qué hacer. La manija en cuestión es la pequeña bola, con la cual se manejaban las otras dos, más grandes, de las boleadoras indígenas. Pero en el lenguaje actual, significa además un utensilio insertado a veces en una rueda y del cual depende el funcionamiento de una máquina. Entonces andar como bola sin manija significa andar sin un centro que sirva de referencia y causa motriz. ¿Y no será que aquello de salir el indio, se refiere a tomar la manija de una situación, de imponer un centro en el mundo de afuera, pero vinculado estrechamente a eso que llevamos adentro, con las cosas sagradas pa’mí? Precisamente, cuando eché a mi vecino, porque éste estaba manoseando mi heladera recién comprada, no hice otra cosa que retomar la manija de la situación, imponiendo mi propio centro en ese pequeño y mísero reino pa’ mí, lleno de cosas sagradas, cuyo límite va de la pared medianera del fondo, hasta la puerta cancel, y en el cual están los muebles, el televisor, la heladera, mi mujer, mis hijos, el perro, y, por sobre todo, mi vieja.

Indudablemente en esa salida del indio, no se trata del indio histórico, sino de una referencia a una fuerza que empuja, desde muy adentro de nosotros, quizá del inconsciente mismo, para irrumpir súbitamente afuera, y mostrar al fin lo que siempre quisimos hacer notar. Indio, en ese sentido, se asocia a fuerza bárbara ignota, que modifica cualquier reserva o pulcritud que pretendamos mantener ante el prójimo. Es, en suma, el símbolo de una salida brusca desde nuestra interioridad hacia el mundo de afuera. ¿Y de dónde proviene esta urgencia de salir con brusquedad para liberar fuerzas, casi como si el agua rebasara un dique e inundara un valle? Porque el indio histórico, según parece, nunca tuvo que salir de sí mismo, sino que siempre se daba afuera. Ahí encontraba en algún árbol, en alguna piedra, o en alguna montaña, un vestigio de algún mundo sagrado que le servía para ganar la seguridad en sí mismo. Pero un árbol, una piedra o una montaña son para nosotros, simples objetos, los cuales, de ninguna manera, estarán vinculados con el mundo sagrado. Es peor, no creemos que haya en el mundo nada sagrado, porque un árbol servirá para hacer leña, una piedra para hacer casas y una montaña para hacer alpinismo. Y sólo hay cosas sagradas, pero únicamente pa’ mí y siempre a espaldas de los ocho millones de habitantes de Buenos Aires.

La diferencia es clara. El indio encontraba, en cualquier punto del mundo exterior, algo que le hacía sentir que él estaba en la morada de los dioses. Nosotros, en cambio, hemos reducido ese mundo apenas a las cuatro cosas que tenemos en casa, y aun en éste debemos imponer toda la fuerza para tornarlo sagrado. Mientras al indio nada costaba creer que en el árbol subían y bajaban los dioses, nosotros en cambio no sólo lo convertimos en leña, sino que además no creemos que los dioses se anden columpiando en él. Por otra parte, pensamos, que el indio siempre tenía que pedir a los dioses su pan y su vida, nosotros no pedimos ni pan ni vida, sino que compramos. Siempre habrá una moneda con la cual podamos salir del paso, aquí en Buenos Aires. Pero hay más. El indio no se resignaba a ver únicamente cómo se descolgaban los dioses de los arbolitos, sino que también dividía su imperio en cuatro zonas y situaba en el centro la ciudad-ombligo, a través de la cual se mantenía en contacto con la divinidad mayor. Además todos los caminos y todos los ríos y todas las montañas decían algo al hombre, y el hombre ante ellos decía algo a los dioses.

¿Y nosotros? Pues ahí andamos mirando las fotografías de algún familiar en nuestra casa, o alguna estampa religiosa, algún recuerdo traído de algún viaje. Y nada más. Más allá todo es profano. Porque afuera, el mundo está vacío. En vez de los dioses están las cosas, y con éstas ya no se habla, sino que se las compra. Así compramos también con el turismo la posibilidad de ver un río o una montaña. Así compramos nuestra respetabilidad y así compramos el traje nuevo para no andar rotosos.

Indudablemente el indio tira un pedazo de su humanidad afuera y le llama sagrado, mientras que nosotros convertimos eso que está afuera en un pozo, pero con una rígida estantería, ordenada a la manera de un comercio chico, con todo clasificado, y donde nada tiene algo que ver con nosotros, a no ser que tengamos dinero para comprarlo. Así lo exige el siglo XX y ese es el sentido de la civilización, una herencia de la enciclopedia francesa.

Pero nos sale el indio. ¿Para qué? ¿Será para contrariar este siglo XX? ¿Será para restituir afuera en el mundo exterior nuestro propio recinto sagrado, sólo para ver a los dioses columpiarse en los árboles? Porque ¿qué decimos cuando usamos el término canchero? ¿Canchero en dónde? No será en la cancha de fútbol, sino en la cancha sagrada, como si uno extendiera el recinto sagrado de su pa’ mí hacia fuera, casi a la manera de una cancha de fútbol, pero de un club que es uno mismo, mejor aún, uno mismo convertido en empresario de espectáculos futbolísticos para mostrar su capacidad de gambetear la vida, y de mover la admiración del prójimo, pero reducido éste a simple mersa o grasas, del cual uno se compadece con aquello de pobre de él. Canchero significa aventurarse a dominar el mundo exterior, pero con el fin de encandilarlos o dejarlos locos a todos, casi como si uno se vengara de la gente. Siendo así, no cabe duda que no sólo nos sale el indio, sino que también hacemos como él. Porque qué manera de tirar trozos de la propia humanidad afuera, de babosear el duro mundo con todo lo viviente que uno es, y hasta con ciertas ganas, bastante sospechosas, de ver afuera también –como lo veía el indio- un imperio de cuatro zonas y un centro siempre accesible, aunque sólo se llame barrio norte y barrio sur y un Centro poblado de cines y mujeres bien vestidas. Pero es inútil. Aunque nos salga el indio, aunque nos hagamos los cancheros, en nuestro siglo XX apenas pasaremos de poner míseramente nuestra heladera, sagrada pa’ mí, en el patio, para que el vecino se muera de envidia al ver nuestra cancha sagrada, nuestro pa’ mí enriquecido con las cuatro cosas que conseguimos a fuerza de créditos en nuestra buena ciudad. Nunca nos saldrá un imperio de cuatro zonas, sino apenas un indio que no somos, y al cual en el fondo tenemos miedo y asco, pero con el cual, querramos o no, estamos comprometidos.

Pero aún así se trata de una humanidad que se nos sale míseramente con el indio para imponer una verdad. Una humanidad que en definitiva fuimos escondiendo para ganar nuestro buen lugarcito en la ciudad. El siglo XX es el siglo de las grandes ciudades, y éstas siempre se formaron tapando una humanidad que, al fin, sale en forma de indio. Y no es difícil pensar que también al neoyorquino o al parisiense le podría salir el indio. Cuántos andarán como bola sin manija en Nueva York y en París, y querrían tomar la manija de una situación y poner su propio centro afuera y que no sea sólo el Centro de los cines y las mujeres bien vestidas. Se trata, en suma, de que salga un margen de vida que ha quedado en receso, y que busca, en alguna manera, integrarse con esa otra vida que se gasta afuera. Y lo sagrado es, en fin, eso que los otros no ven y que es pa’ mí porque está oculto. Seguramente debe haber una ley, como de compensación, según la cual siempre tendrá que salir el indio para echar algún vecino en cualquier lugar del mundo.

Porque ¿qué hizo Napoleón cuando ocupó a Europa? Qué manera de salir esa vida en receso, ese indio a Francia e imponer la cancha sagrada perentoriamente. Y pensar que todo esto era para ver todo otra vez como sagrado pa’ mí, pero un pa’ mí francés con su centro en la Ciudad Luz.

Ya lo dijo Hegel, la historia restablece la pura vida de los individuos. En este sentido qué porteña parece la historia universal. Todos con su indio salido, porque se ahogaba el pa’ mí, acorralado en un mundo vacío, lleno de estanterías, sin dioses, ni árboles que les sirvieran para atar el columpio.

Se trata al fin de cuentas de la grandiosidad y de la miseria de ser hombres, aunque se llamen Napoleón o porteños, ambos poniendo un poco grotescamente la heladera en el patio para que venga el vecino, y tengan, después, que sacar el indio para echarlo. Pero lo curioso es que siempre se encierre al indio o se simule ser un canchero. ¿Tendrán algo que ver en esto las heladeras? Al fin y al cabo Gardel no las tenía y qué bien le salía el indio y con qué cancha. El juntaba indio y cancha. Realmente, si Napoleón lo hubiera conocido, quizá habría hecho otras cosas allá en Europa. ¿Decimos una gran herejía? De ningún modo. Porque no podríamos vivir si no contamináramos, a lo indio, la realidad, o la ciudad o la historia o la simple pared que vemos delante, con la vida que llevamos adentro. Vestimos un poco el mundo cuando vemos a Napoleón como un simple vecino que rezonga porque le tiramos la basura por sobre la pared medianera. ¿No es ese el mecanismo real de toda vida? Ya lo dijimos, la salida de nuestro recinto sagrado del pa’ mí, no consiste sino en babosear lo que está afuera. Lástima grande que nuestra forma de babosear nunca coincida, por ejemplo, con lo que todos debemos pensar de Napoleón. Pero seguimos en la brecha. Debe ser obra del indio que se nos sale a pasear a pesar nuestro, y lo hace para buscar cosas sagradas. Gracias a él escamoteamos a los otros la ciudad, la historia y nuestro folklore ciudadano, para crearnos un Buenos Aires y una historia pa’mí, y una épica de ese mismo pa’ mí a través del fútbol, el tango y el Martín Fierro.

El presente texto fue publicado en el libro DE LA MALA VIDA PORTEÑA (A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires / 1966). 2000-2003 Revista Contratiempo Buenos Aires Argentina Directora Zenda Liendivit zenda@arnet.com.ar

miércoles, 23 de julio de 2008

Kusch para principiantes

por Fernando Glenza

Debo admitir que soy un principiante. Escuché hablar por primera vez de Rodolfo Kusch de boca de su amigo, Jorge Rulli, en una charla que dio en la Biblioteca López Merino de la ciudad de La Plata, en el año 2004.

Rodolfo Kusch ya no estaba con nosotros en carne y hueso, se había ido en el año 1979. Había nacido en Buenos Aires el 25 de junio de 1922, había obtenido el título de Profesor de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, había realizado profundas investigaciones de campo sobre el pensamiento indígena y popular americano, había dejado una amplia colección de artículos y conferencias; y yo no lo conocía.

En 1989 fue homenajeado por la Cámara de Diputados de la Nación, considerándolo: “... uno de los pensadores más importantes no sólo de la Argentina sino de América, considerado por algunos un ‘maldito’ más, de esos que pueblan nuestra historia y cultura, y por ello silenciado y negado por los cenáculos de la cultura oficial ...”.

Su obra mereció la atención de autores argentinos y extranjeros. Según Nerva Borda De Rojas Paz, en Filosofía a la intemperie - Ontología de Kusch, en sus afirmaciones se enmarca su afán: “una forma de escencializar a partir de un horizonte propio, un ‘...encontrar un sentido en el mundo precolombino y en el americano actual’ el encuentro con lo americano, que implica al indígena y al mestizo; también al hombre de la ciudad o del campo, autores del discurso popular a partir del cual despliega su filosofía”.

Recuerdo que después de aquella charla de Rulli, busqué sus escritos. Con el primero que me tropecé fue el de “La salida del indio”, del que saqué el título de “Como bola sin manija” para este blog. Durante mi recorrido –desde el año 2003- por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (FPyCS) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), jamás escuché hablar de él; puede ser que haya estado distraído.

Recién en el 2008 escuché hablar por primera vez de Rodolfo Kusch en el ámbito académico de la UNLP, de boca del Profesor Jorge Huergo. Y pude comprender su vigencia, una vigencia invisibilizada de un Rodolfo Kusch que, como dice el filósofo Alberto Buela, está entre los no pocos filósofos originales que ha dado la Argentina, como Taborda, De Anquín, Guerrero, Cossio y Rougés, y que entre ellos ocupa un destacado lugar, “no sólo por la originalidad de sus planteamientos filosóficos sino además porque los mismos han generado toda una corriente de pensamiento a través de la denominada filosofía de la liberación en su rama popular”.

Quizás no deba sorprender esta “ninguneada” académica a un pensador que enriquecería la interpretación de nuestra condición de “hedor americano” que negamos en un momento en que, como dice su amigo Jorge Rulli, “las palabras pequeñas a las que se refería Rodolfo Kusch, son hoy el alimento diario de los argentinos. Esa papilla predigerida de la comunicación que nos infantiliza y transforma en aves de corral de una sociedad mitad gallinero y mitad jardín de infantes”.

Es por ello que este blog intenta reunir algunos pensamientos dispersos -tal vez algunos de ellos desconocidos- acerca Kusch, que nos interpelen y nos ayuden a interpretarnos, a modo de un “Kusch para principiantes”.